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El cáncer es una de las enfermedades más complejas y que causa mayor temor, ya sea porque compromete todas las dimensiones de la persona: física y funcional, psicológica, espiritual, social, por la complejidad de su tratamiento, porque requiere de muchos especialistas, demanda avanzada tecnología, combinación de varias terapias (cirugía, quimioterapia, radioterapia…) y la aceptación por parte del paciente y la familia también es difícil. La enfermedad se nos presenta como límite y oportunidad. Frente a un diagnóstico de cáncer aparecen algunas reacciones como: el peligro, el temor, la cólera, la depresión, la inseguridad, la desconfianza…El enfermo reconsidera su vida, la modifica con respecto a las terapias y tratamiento, altera su ritmo de trabajo, se ve afectado su rol social y familiar, se modifican las relaciones, ponen a prueba los valores morales y espirituales, remite la persona a lo más profundo de su ser y se convierte en momento privilegiado para mirarse a sí mismo y redireccionar el camino y su proyecto personal. Es un momento para evaluar los énfasis y prioridades a las cuales le invertimos los mayores esfuerzos: la vida familiar, afectiva, relacional y laboral y lo más importante la vida espiritual y la misión que estamos cumpliendo nuestro paso por el mundo. Una enfermedad puede ser el momento para profundos cambios personales y grandes opciones.

Reacciones que pueden explicarse según el apoyo o no de la red de atención, en respuesta a sus necesidades de salud, situación económica y social de la familia, por el modo como el paciente percibe la enfermedad y el significado que le dé. Significado que puede ser consciente e inconsciente y vinculado a simbolismos personales y experiencia espiritual o fruto de una elaboración más profunda. Es aquí donde cobra importancia nuestro modelo de atención querido por Marie Poussepin: “No se contentaran con dar asistencia corporal, trataran si es posible de ser aún más útil al alma del enfermo que al alivio de su cuerpo”, entendiéndose por alma al lugar donde ocurren todas estas vivencias humanas y espirituales de todo ser humano.

 

En la atención al enfermo no debemos perder nunca de vista esta perspectiva, no basta curar el órgano o función lesionada, sino tratar a la persona como tal, en todas sus dimensiones y responder a todas sus necesidades: biológicas, psicológicas, sociales y espirituales. Su situación reclama atención integral y continua, que ayude al enfermo a restablecer su salud, asumir sanamente su enfermedad y su límite, luchar contra la muerte o para  aceptarla y vivirla con dignidad. Una persona que vive en condiciones de malestar físico, psíquico, social o espiritual percibe indudablemente una situación insatisfactoria que limita sus reacciones y espuesta a la terapia.

 

La atención integral requiere un equipo humano interdisciplinario, donde los distintos profesionales trabajen en una forma integrada y coordinada, con el fin de asegurar al paciente el mejor resultado en términos de curación y calidad de vida. Garantizando seguridad, continuidad y una asistencia según los principios ético-morales, evitando abandono humano asistencial, dejando solos al paciente y la familia. Un equipo que no se centre solamente en la terapia del cáncer, sino en la persona que vive esta experiencia de enfermedad. Recuerdo lo que me decía una joven de 26 años con un cáncer de mama metastásico: “Los enfermos de cáncer no necesitamos solamente un especialista que sepa mucho de cáncer, sino un médico que sepa tratar a la persona con cáncer. Su presencia y sus palabras cuando no es humano, nos pueden matar…”.

 

La Clínica el Rosario desde su modelo de atención ofrece a sus usuarios una atención integral, con profesionales humanos y competentes, donde prima la centralidad del paciente y la familia, todos los profesionales con facilidad de intercambio y comunicación, todos los servicios en la misma área para facilitar la movilidad del enfermo dentro de la Institución. Tecnología de última generación, ambientes confortables. Continuidad de la asistencia y terapias integradas para evitar, prevenir o controlar efectos indeseados. Escucha, que ayude a identificar sus necesidades, mejor conocimiento enfermo-trabajador de la salud, conocimientos que el enfermo tienen sobre su enfermedad y ayuda a identificar necesidades asistenciales y opciones terapéuticas. Ayuda a la familia en la elaboración de duelo. Todo cimentado en la confianza recíproca y en la implicación del paciente y la familia en la elección terapéutica.

Igualmente se debe contar con personal entrenado en procedimientos, protocolos, preparación y suministro de quimioterapia y radioterapia, asistencia a posibles complicaciones del tratamiento, donde se integren competencias humanas, técnico científicas, ética y competencia relacional, asegurando una atención integral que potencie la terapia y obtenga los mejores resultados de salud y bienestar para el enfermo y la familia. Una familia acompañada, orientada e informada potencia su fuerza de amor y salud indispensable para el enfermo, que lo lleve de nuevo a la armonía.

Este es el modelo de atención querido por nuestra fundadora Marie Poussepin y que ofrece la Clínica El Rosario, porque estamos convencidos que la mejor respuesta para el enfermo es: “Amor que acompaña y Servicio que alivia”.

 

Artículo elaborado por:
Hna. BLANCA AURORA MARIN HOYOS
Coord. Pastoral de la Salud y Atención al Usuario
Clínica El Rosario

Bibliografía:
COMISION ESPISCOPAL DE PASTROL, La asistencia religiosa en el hospital.
Orientaciones pastorales, EDICE. Madrid 1987,
A.PANGRAZZI, Il lenguggio sulla soferenza,
E. LUKAS, Dare un senso alla sofferenza, Cittadella, Asis,
A.PANGRAZZI, Creatividad pastoral al servicio del enfermo, Sal Terrae, Santander
1998.
PIERLUIGI ZUCCHI, S.O. En Dolentium hominum, No. 65, 2007- n.2.
Dolentium Hominum, No.53, 2003- n.2.
I. LARRAÑAGA, Del sufrimiento a la paz, San Pablo, Madrid, 1984



 



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